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Abby Johnson: de dirigir un abortorio a ser provida

Una mano tendida a los abortistas

Abby Johnson: de dirigir un abortorio a ser provida

Uno de los primeros detalles que se supo sobre la conversión de Abby fue que su clínica era la de Bryan (Texas). Precisamente, aquella delante de la cual nació, en 2004, la campaña de oración, ayuno y testimonio 40 días por la vida. Los voluntarios de la Coalición por la vida, la asociación local que la puso en marcha, «habían estado conmigo desde el primer momento», rezando por ella .

La noticia fue un bombazo en Estados Unidos: en 2009, Abby Johnson dejó su trabajo como directora de un centro abortista, tras ver la ecografía de un aborto. Abby venía de una familia cristiana y provida, pero a los 20 años decidió hacerse voluntaria del gigante abortista Planned Parenthood. «En mi familia –explica en su autobiografía Sin planificar–, nunca tuvimos una conversación sobre el significado y las consecuencias del aborto. Al igual que cualquier chica que vivía con sus padres, había asumido esos valores. No fue tan simple cuando llegué a la universidad».

        Un año antes de conocer Planned Parenthood, ya había abortado. Escondió ese aborto, y otro posterior, «en un oscuro y remoto recodo de mi alma, y me dediqué a fingir que nunca estuvo allí». Después de voluntaria, fue contratada en prácticas, y su carrera fue en ascenso. Pero algo dentro de ella no marchaba bien. El secreto de sus abortos «había empezado a liberar gases venenosos que contaminaban mi corazón», escribe. Nunca llegó a sentirse cómoda trabajando en un lugar donde se practicaban abortos. Pero su mantra era que Planned Parenthood, en realidad, ayudaba a las mujeres reduciendo los abortos mediante la contracepción, y practicándolos en condiciones seguras cuando no había otro remedio. Esta certeza se resquebrajó ante la orden de sus superiores de dejar de repartir anticonceptivos gratis y aumentar los abortos para tener más beneficios. «Sin ánimo de lucro –decían– es una categoría fiscal, no un modelo de negocio».

        A pesar de que el conflicto en su interior era cada vez mayor, «necesitaba una grandísima intervención de Dios para romper por completo con la organización».

        Dios intervino haciendo que tuviera que sujetar la sonda de la ecografía durante un aborto. Ver cómo succionaban ese cuerpecito fue, desde luego, el detonante; pero Dios había trabajado en ella antes, y siguió haciéndolo después. Uno de los primeros detalles que se supo sobre la conversión de Abby fue que su clínica era la de Bryan (Texas). Precisamente, aquella delante de la cual nació, en 2004, la campaña de oración, ayuno y testimonio 40 días por la vida. Los voluntarios de la Coalición por la vida, la asociación local que la puso en marcha, «habían estado conmigo desde el primer momento», rezando por ella y tratándola con cariño, aunque estuvieran al lado contrario de la verja de la clínica. Cuando, unos días después de presenciar ese aborto, Abby se presentó en su sede llorando y abrumada por la culpa, la acogieron con los brazos abiertos, y siguieron ayudándola. Intentaron buscarle un trabajo, y hasta le consiguieron un abogado gratis cuando Planned Parenthood intentó silenciarla.

Una mano tendida a los abortistas

        Incluso antes de convertirse, Abby era consciente de que los provida se preocupaban por las mujeres. Ahora, católica y pro vida, está convencida de que la mayoría de sus antiguos compañeros también quieren ayudar a la mujer. «He encontrado buenas razones, bondad y sabiduría en los dos bandos. He visto, en ambos, cómo las buenas intenciones pueden conllevar malas decisiones.

        Tenemos más en común con ese otro bando de lo que somos capaces de imaginar». Recientemente, explicaba en su blog: «Desde que dejé Planned Parenthood, he sabido que tenía que tender la mano a otros trabajadores de clínicas abortistas». Por eso –añadía–, está poniendo en marcha una asociación que los acoja y los ayude a dejar ese macabro negocio.

        Una vez en el movimiento provida, Dios tenía más planes para Abby. Hasta entonces, ella pertenecía a la Iglesia evangélica. «Recitar semanalmente la oración de la confesión fue capital en mi debate con Dios sobre Planned Parenthood». Pero la suya era una Iglesia pro-elección, y Abby dejó de ser bienvenida. A través de quienes la arroparon en ese momento, católicos en su mayoría, su marido y ella fueron conociendo la Iglesia. Se enamoraron de la liturgia, y sintieron que ése era su sitio. Como parte de su camino hacia el catolicismo, tuvieron que aceptar la doctrina de la Iglesia sobre los anticonceptivos y dejar de usarlos. El 4 de diciembre, toda la familia -tienen una hija de cuatro años- entró en la Iglesia católica. Abby llevaba en su seno a su cuarto hijo. Parece un guiño de la Virgen, a quien Abby ha cogido mucho cariño como Madre de Dios.

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